
Ya hace algún tiempo postee un extracto del poema que leerán a continuación luego de una breve biografía de su autor: el Padre Jesuita Juan Bautista Aguirre, ahora que he posteado completo aquel poema podrán ver en el como las diferencias culturales entre costeños y serranos son tan amplias que llegan al extremo del sarcasmo, la burla, la ironía y el insulto disimulado, rechazo astuto, enmascarado y poético que nos muestra una verdad lastimera desde hace mas de 250 años, esto demuestra que nuestro desprecio al centralismo Quiteño no es a partir del 9 de octubre de 1820 cuando logramos nuestra libertad, ni a partir que el mercenario de Simón Bolívar nos invadió y cobardemente nos la arrebató, mucho peor luego que quemaron nuestra ciudad asesinando a decenas de miles, esto se remonta a cientos de años atrás. ¿Tanto tiempo?, tantos años lastimándonos y humillándonos, tantos años de odios, rencores y resentimientos... ¿hasta cuando?, ¿hasta cuando soportaremos vivir siendo esclavos de este Estado Quiteñocentrista?
El jesuíta Juan Bautista Aguirre fue un cristal bruñido en el que el sol de la cultura produjo innumerables reverberaciones. Poeta gongorista de la incierta brevedad de la existencia humana; poeta barroco que exalta con bella desmesura a los héroes inmortales; poeta travieso con los ojos de las damas; poeta satírico con los tontos y con las ciudades atrasadas; orador sagrado; filósofo, amable e ilustrado consultor de obispos, cardenales y papas. Aguirre fue una montaña en el panorama ecuatoriano del siglo XVIII. Nacido en 1725 en la ciudad de Daule, hizo su profesión solemne de cuatro votos en 1758 como miembro de la Compañía de Jesús. Enseñó en Quito en la afamada Universidad de San Gregorio Magno hasta que los jesuitas fueron expulsados de Hispanoamérica en 1767. Hallábase entonces en Guayaquil de donde partió el 20 de agosto a Panamá y un año después desembarcó en Cádiz y siguió hasta Faenza, Italia, lugar de confinamiento para los jesuitas quiteños.
Superior del convento jesuita en Rávena y rector del colegio en Ferrara donde fue nombrado asesor canónico del arzobispo. Extinguida la orden de los jesuitas por el Papa Clemente XIV en 1773, fijó su residencia en Roma bajo el pontificado de Pío VI. Hizo amistad con el obispo de Tívoli, monseñor Gregorio Bamaba Chiaramonti, futuro Pío VII. Allí murió a los 61 años de edad en 1786.
Dice el humanista Aurelio Espinosa Pólit refiriéndose al crítico quiteño que reivindicó el valor de la poesía gongorista de Aguirre tan despreciada por Eugenio Espejo y Juan León Mera: "Ha logrado el señor Gonzalo Zaldumbide la dicha y honra más grande a que puede aspirar un crítico: ha descubierto en el cielo de nuestra Colonia el astro de genuina magnitud y brillantez, por el que Ecuador cobra desde hoy el derecho para figurar honrosamente en la literatura colonial americana".
"Este de rocas promontorio adusto/ freno es al aire y a los cielos susto" canta con desenfrenado brío a San Ignacio de Loyola. "Ojos cuyas niñas bellas/ esmaltan mil arreboles,/ mucho sois para ser soles,/ pocos para ser estrellas" piropea, entre coquetón y galante, a una dama imaginaria. Aguirre -que tuvo un gran ojo para pintar las miserias de la capital- escribe: "Este es el Quito famoso/ y yo te digo, jocundo,/ que es el sobaco del mundo/ viéndole tan asqueroso".
Se deleita con su patria chica: "Guayaquil, ciudad hermosa,/ de la América guirnalda,/ de tierra bella esmeralda/ y del mar perla preciosa"/. Comenta con ingeniosa crueldad: "Zoilo, ayer tarde por chiste un quídam te dijo tonto/ y tú por vengarte pronto,/ ¡Adulador!, le dijiste./ Y a la verdad que lo era,/ el que tonto te llamó,/ pues tú no eres tonto, no, / sino la misma tontera".
Estudios recientes han puesto en claro la calidad docente de Aguirre, su agudeza para la Metafísica, su equilibrio para la Moral, y sobre todo su mente abierta para incorporar en el estudio dé la Física (Ciencias) los avances adquiridos por observación directa y lecturas actualizadas y con el trato a tos académicos franceses que estuvieron en Quito por el sistema métrico decimal. En 1757, cuando Espejo tenía 10 años de edad, Aguirre afirmaba que "toda enfermedad y peste tiene como causa única los malignos vermículos, es decir, los malignos gusanillos que se ven en el microscopio"
Algo había de encantador en el trato social de Aguirre. Cuando no estaba poseído por el demonio de la melancolía o cuando no se dejaba llevar de cierta vulgaridad campesina, era un personaje que atraía por su carisma, agradaba por su gracejo, causaba admiración por su ciencia y era el consejero buscado por la gente común, la nobleza italiana, los obispos y el Papa. De él quedan seis obras publicadas, tres inéditas en latín y noticias de siete perdidas. El propio Aguirre sintetizó su vida:
(Carta joco-seria escrita por el autor a su cuñado don Jerónimo Mendiola, describiendo a Guayaquil y Quito.)
Dichoso paisano, en quien
con diversísimos modos
se miran los dones todos,
todas las prendas se ven,
perdona si en parabién
de tu carta no te da
algo mi amor, porque ya
cuanto yo darte podía,
que era la voluntad mía,
tú te la tienes allá.
Mostrárteme agradecido
hoy mi empeño viene a ser,
y para poderlo hacer
de estos versos me he valido;
recíbelos advertido,
de que si aun el don mayor
sólo recibe valor
del amor de quien lo da,
inmenso mi don será,
pues es inmenso mi amor.
Contarte un pesar intento
por ver si puedo lograr
el que mi propio pesar
sirva de ajeno contento;
escúchame, pues, atento,
que ya mi triste gemido
empieza a dar condolido
dos efectos a mi canto,
pues lo que en mi voz es llanto
será música en tu oído.
Guayaquil, ciudad hermosa,
de la América guirnalda,
de tierra bella esmeralda
y del mar perla preciosa,
cuya costa poderosa
abriga tesoro tanto,
que con suavísimo encanto
entre nácares divisa
congelado en gracia y risa
cuanto el alba vierte en llanto;
Ciudad que es por su esplendor,
entre las que dora Febo,
la mejor del mundo nuevo
y aun del orbe la mejor;
abunda en todo primor,
en toda riqueza abunda,
pues es mucho más fecunda
en ingenios, de manera
que, siendo en todo primera,
es en esto sin segunda.
Tribútanle con desvelo
entre singulares modos
la tierra sus frutos todos,
sus influencias el cielo;
hasta el mar que con anhelo
soberbiamente levanta
su cristalina garganta
para tragarse esta perla,
deponiendo su ira al verla
le besa humilde la planta.
Los elementos de intento
la miran con tal agrado,
que parece se ha formado
de todos un elemento;
ni en ráfagas brama el viento,
ni son fuego sus calores,
ni en agua y tierra hay rigores,
y así llega a dominar
en tierra, aire, fuego y mar,
peces, aves, luces, flores.
Los rayos que al sol regazan
allí sus ardores frustran,
pues son luces que la ilustran
y no incendios que la abrasan;
las lluvias nunca propasan
de un rocío que de prisa
al terreno fertiliza,
y que equivale en su tanto
de la aurora al tierno llanto,
del alba a la bella risa.
Templados de esta manera
calor y fresco entre sí,
hacen que florezca allí
una eterna primavera;
por lo cual si la alta esfera
fuera capaz de desvelos,
tuviera sin duda celos
de ver que en blasón fecundo
abriga en su seno el mundo
ese trozo de los cielos.
Tanta hermosura hay en ella
que dudo, al ver su primor,
si acaso es del cielo flor,
si acaso es del mundo estrella;
es, en fin, ciudad tan bella
que parece en tal hechizo,
que la omnipotencia quiso
dar una señal patente
de que está en el Occidente
el terrenal paraíso.
Esta ciudad primorosa,
manantial de gente amable,
cortés, discreta y afable,
advertida e ingeniosa
es mi patria venturosa;
pero la siempre importuna
crueldad de mi fortuna,
rompiendo a mi dicha el lazo,
me arrebató del regazo
de esa mi adorada cuna.
Buscando un lugar maldito
a que echarme su rigor,
y no encontrando otro peor,
me vino a botar a Quito;
a Quito otra vez repito
que entre toscos, nada menos,
varios diversos terrenos,
siguiendo, hermano, su norma,
es un lugar de esta forma,
disparate más o menos.
Es su situación tan mala,
que por una y otra cuesta
la una mitad se recuesta,
la otra mitad se resbala;
ella se sube y se cala
por cerros, por quebradones,
por guaicos y por rincones,
y en andar así escondida
bien nos muestra que es guarida
de un enjambre de ladrones.
Tan empinado es el talle
del sitio sobre que estriba,
que se hace muy cuesta arriba
el andar por cualquier calle;
no hay hombre que no se halle
la vista en tierra clavada,
porque es cosa averiguada
que el que anda sin atención
cae, si no en tentación,
en una cosa privada.
Hacen a Quito muy hondo
una y otra rajadura,
y teniendo tanta hondura,
es ciudad de ningún fondo.
Aquí hay desdichas abondo,
aquí el hambre y sed se aúnan
y a todos nos importunan;
aquí, en fin, ¡raros enojos!
los que comen son los piojos,
los demás todos ayunan.
Son estos piojos taimados
animales infelices,
grandes como mis narices,
gordos como mis pecados;
cuando veo que estirados
van muy graves en cuadrilla,
me asusto que es maravilla
desde que un piojillo arisco,
sólo con darme un pellizco,
me sumió la rabadilla.
Las sillas de mano aquí
se miran como a porfía,
y te aseguro a fe mía
que tan malas no las vi.;
luego que las descubrí
por unos lados y otros,
viendo los asientos rotos
y quebradas las tablillas,
dije: Bien pueden ser sillas,
mas yo las tengo por potros,
En estas sillas se encierra,
llevando cualquier serrana,
mucho pelo y poca lana,
como oveja de la tierra.
Aquí, pues, en civil guerra
con femeniles enojos
son de los piojos despojos,
y con dentelladas bellas,
los piojos las muerden a ellas,
y ellas muerden a los piojos.
Estas quiteñas como oso
están llenas de cabello,
y aunque tienen tanto vello,
mas nada tienen hermoso;
así vivo con reposo
sin alguna tentación,
siquiera por distracción
me venga, pues si las hablo,
juzgando que son el diablo,
hago actos de contrición.
Lo peor es la comida
(Dios ponga tiento en mi boca):
ella es puerca y ella es poca,
mal guisada y bien vendida;
aquí toda ella es podrida,
y ¡vive Dios! que me aburro,
cuando imagino y discurro
que una quiteña taimada
me envió dentro una empanada
un gallo, un ratón y un burro.
Hay tal o cual procesión,
mas con rito tan impío,
que te juro, hermano mío,
que es cosa de inquisición:
van cien Cristos en montón
corriendo como unas balas,
treinta quiteños sin galas,
más de ochenta Dolorosas,
San Juan, Judas y otras cosas,
casi todas ellas malas.
Con calva, gallo, y sin manto,
un San Pedro se adelanta,
y, por más que el gallo canta,
no quiere llorar el Santo;
pero le provoca a llanto
de sus llaves la reyerta,
pues cuenta por cosa cierta,
estando el Santo con sueño,
que se las hurtó un quiteño
para falsear una puerta.
Va también tal cual rapaz
vestido de ángel andante,
con su cara por delante
y máscara por detrás;
con tan donoso disfraz
echan unas trazas raras,
dándonos señales claras
que, en el quiteño vaivén,
aun los ángeles también
son figuras de dos caras.
De penitentes con guantes
salen los nobles por no
dar limosna, y temo yo
que han de salir de danzantes.
Estos quiteños bergantes
¿cómo harán tal indecencia?,
pues hallo yo en mi conciencia
que es muy grave hipocresía
vestir la cicatería
con traje de penitencia.
Después se ven unos viejos
beatos, brujos y quebrados,
y algunos frailes cargados
con sus barbas y agarejos;
luego se sigue a lo lejos
una recua de Cofrades,
después las Comunidades,
y otras bestias con pendones,
porque aquí las procesiones
todas son bestialidades.
Mil pobres despilfarrados
se miran a cada instante,
mas ninguno es vergonzante,
que son bien desvergonzados;
ciegos, mudos, corcovados
y enanos hay en verdad
tantos en esta ciudad,
que yo afirmo sin rebozo
que es este Quito piojoso
el Valle de Josafat.
Hermano, en aqueste Quito
muchos mueren de apostemas,
de bubas, llagas y flemas,
mas nadie muere de ahito;
y hay serrano tan maldito
que al rezar la letanía
pide a la Virgen María,
con grandísimo fervor,
que le conceda el favor
de morir de apoplejía.
A cualquiera forastero,
con extraña cortesía,
sea de noche, sea de día,
le quitan luego el sombrero;
y si él no trata ligero
de tomar otra derrota,
le quitan también sin nota
estos corteses ladrones
la camisa y los calzones,
hasta dejarlo en pelota.
Andan como las cigarras
gritando por estas sierras
que son leones en las guerras
y lo son sólo en las garras;
para hurtar estos panarras
con sutileza y con tiento
son todos un pensamiento,
de suerte que yo he juzgado
que en las uñas vinculado
tienen el entendimiento.
El que es noble gamonal
algún obraje procura,
y de esta suerte asegura
tener en jerga el caudal.
Los quiteños, por su mal,
entablaron desdichados
estos obrajes malvados,
pues con esperanzas vanas
van al obraje por lanas
y se vuelven trasquilados.
Todos estos obrajeros,
por interés del vellón,
compran ovejas y son
ellos gentiles carneros.
Tienen bueyes y potreros
del caudal para ventaja,
pero, aunque ellos se hacen raja,
nunca salen de pobreza,
pues vinculan su riqueza
en cuernos, lanas y paja.
A todos con gran certeza
de frailes les acredito,
pues todos en este Quito
hacen voto de pobreza;
pero el fausto, la grandeza
y la gala es incesante,
pues aquí, como es constante,
se estudia con grande aprieto
la comedia de Moreto
nombrada, "Trampa adelante".
Cualquier chisme o patarata
lo cuentan por novedad,
y para no hablar verdad
tienen gracia gratis data:
todo hombre en lo que relata
miente o a mentir aspira;
mas esto ya no me admira,
porque digo siempre: ¡Alerta!
sólo la mentira es cierta
y lo demás es mentira.
Mienten con grande desvelo,
miente el niño, miente el hombre,
y, para que más te asombre,
aun sabe mentir el cielo;
pues vestido de azul velo
nos promete mil bonanzas,
y muy luego, sin tardanzas,
junta unas nubes rateras,
y nos moja muy de veras
el buen cielo con sus chanzas.
Llueve y más llueve, y a veces
el aguacero es eterno,
porque aquí dura el invierno
solamente trece meses;
y así mienten los franceses
que andan a Quito situando
bajo de la línea, cuando
es cierto que está este suelo
bajo las ingles del cielo,
es decir, siempre meando.
Este es el Quito famoso
y yo te digo, jocundo,
que es el sobaco del mundo
viéndolo tan asqueroso.
¡Feliz tú! que de dichoso
puedes llevarte la palma,
pues gozas en dulce calma
de ese suelo soberano,
y con esto, adiós, hermano.
Tu afecto, Juan de buen alma.

Breve Biografía
El jesuíta Juan Bautista Aguirre fue un cristal bruñido en el que el sol de la cultura produjo innumerables reverberaciones. Poeta gongorista de la incierta brevedad de la existencia humana; poeta barroco que exalta con bella desmesura a los héroes inmortales; poeta travieso con los ojos de las damas; poeta satírico con los tontos y con las ciudades atrasadas; orador sagrado; filósofo, amable e ilustrado consultor de obispos, cardenales y papas. Aguirre fue una montaña en el panorama ecuatoriano del siglo XVIII. Nacido en 1725 en la ciudad de Daule, hizo su profesión solemne de cuatro votos en 1758 como miembro de la Compañía de Jesús. Enseñó en Quito en la afamada Universidad de San Gregorio Magno hasta que los jesuitas fueron expulsados de Hispanoamérica en 1767. Hallábase entonces en Guayaquil de donde partió el 20 de agosto a Panamá y un año después desembarcó en Cádiz y siguió hasta Faenza, Italia, lugar de confinamiento para los jesuitas quiteños.
Superior del convento jesuita en Rávena y rector del colegio en Ferrara donde fue nombrado asesor canónico del arzobispo. Extinguida la orden de los jesuitas por el Papa Clemente XIV en 1773, fijó su residencia en Roma bajo el pontificado de Pío VI. Hizo amistad con el obispo de Tívoli, monseñor Gregorio Bamaba Chiaramonti, futuro Pío VII. Allí murió a los 61 años de edad en 1786.
Dice el humanista Aurelio Espinosa Pólit refiriéndose al crítico quiteño que reivindicó el valor de la poesía gongorista de Aguirre tan despreciada por Eugenio Espejo y Juan León Mera: "Ha logrado el señor Gonzalo Zaldumbide la dicha y honra más grande a que puede aspirar un crítico: ha descubierto en el cielo de nuestra Colonia el astro de genuina magnitud y brillantez, por el que Ecuador cobra desde hoy el derecho para figurar honrosamente en la literatura colonial americana".
"Este de rocas promontorio adusto/ freno es al aire y a los cielos susto" canta con desenfrenado brío a San Ignacio de Loyola. "Ojos cuyas niñas bellas/ esmaltan mil arreboles,/ mucho sois para ser soles,/ pocos para ser estrellas" piropea, entre coquetón y galante, a una dama imaginaria. Aguirre -que tuvo un gran ojo para pintar las miserias de la capital- escribe: "Este es el Quito famoso/ y yo te digo, jocundo,/ que es el sobaco del mundo/ viéndole tan asqueroso".
Se deleita con su patria chica: "Guayaquil, ciudad hermosa,/ de la América guirnalda,/ de tierra bella esmeralda/ y del mar perla preciosa"/. Comenta con ingeniosa crueldad: "Zoilo, ayer tarde por chiste un quídam te dijo tonto/ y tú por vengarte pronto,/ ¡Adulador!, le dijiste./ Y a la verdad que lo era,/ el que tonto te llamó,/ pues tú no eres tonto, no, / sino la misma tontera".
Estudios recientes han puesto en claro la calidad docente de Aguirre, su agudeza para la Metafísica, su equilibrio para la Moral, y sobre todo su mente abierta para incorporar en el estudio dé la Física (Ciencias) los avances adquiridos por observación directa y lecturas actualizadas y con el trato a tos académicos franceses que estuvieron en Quito por el sistema métrico decimal. En 1757, cuando Espejo tenía 10 años de edad, Aguirre afirmaba que "toda enfermedad y peste tiene como causa única los malignos vermículos, es decir, los malignos gusanillos que se ven en el microscopio"
Algo había de encantador en el trato social de Aguirre. Cuando no estaba poseído por el demonio de la melancolía o cuando no se dejaba llevar de cierta vulgaridad campesina, era un personaje que atraía por su carisma, agradaba por su gracejo, causaba admiración por su ciencia y era el consejero buscado por la gente común, la nobleza italiana, los obispos y el Papa. De él quedan seis obras publicadas, tres inéditas en latín y noticias de siete perdidas. El propio Aguirre sintetizó su vida:
"Yo clavel bello un tiempo me miraba/ desdén hermoso de plebeyas flores/; más de la envidia el huracán airado/ marchito me ha dejado".
Breve diseño de las ciudades de Guayaquil y Quito
(Carta joco-seria escrita por el autor a su cuñado don Jerónimo Mendiola, describiendo a Guayaquil y Quito.)
Dichoso paisano, en quien
con diversísimos modos
se miran los dones todos,
todas las prendas se ven,
perdona si en parabién
de tu carta no te da
algo mi amor, porque ya
cuanto yo darte podía,
que era la voluntad mía,
tú te la tienes allá.
Mostrárteme agradecido
hoy mi empeño viene a ser,
y para poderlo hacer
de estos versos me he valido;
recíbelos advertido,
de que si aun el don mayor
sólo recibe valor
del amor de quien lo da,
inmenso mi don será,
pues es inmenso mi amor.
Contarte un pesar intento
por ver si puedo lograr
el que mi propio pesar
sirva de ajeno contento;
escúchame, pues, atento,
que ya mi triste gemido
empieza a dar condolido
dos efectos a mi canto,
pues lo que en mi voz es llanto
será música en tu oído.
Guayaquil, ciudad hermosa,
de la América guirnalda,
de tierra bella esmeralda
y del mar perla preciosa,
cuya costa poderosa
abriga tesoro tanto,
que con suavísimo encanto
entre nácares divisa
congelado en gracia y risa
cuanto el alba vierte en llanto;
Ciudad que es por su esplendor,
entre las que dora Febo,
la mejor del mundo nuevo
y aun del orbe la mejor;
abunda en todo primor,
en toda riqueza abunda,
pues es mucho más fecunda
en ingenios, de manera
que, siendo en todo primera,
es en esto sin segunda.
Tribútanle con desvelo
entre singulares modos
la tierra sus frutos todos,
sus influencias el cielo;
hasta el mar que con anhelo
soberbiamente levanta
su cristalina garganta
para tragarse esta perla,
deponiendo su ira al verla
le besa humilde la planta.
Los elementos de intento
la miran con tal agrado,
que parece se ha formado
de todos un elemento;
ni en ráfagas brama el viento,
ni son fuego sus calores,
ni en agua y tierra hay rigores,
y así llega a dominar
en tierra, aire, fuego y mar,
peces, aves, luces, flores.
Los rayos que al sol regazan
allí sus ardores frustran,
pues son luces que la ilustran
y no incendios que la abrasan;
las lluvias nunca propasan
de un rocío que de prisa
al terreno fertiliza,
y que equivale en su tanto
de la aurora al tierno llanto,
del alba a la bella risa.
Templados de esta manera
calor y fresco entre sí,
hacen que florezca allí
una eterna primavera;
por lo cual si la alta esfera
fuera capaz de desvelos,
tuviera sin duda celos
de ver que en blasón fecundo
abriga en su seno el mundo
ese trozo de los cielos.
Tanta hermosura hay en ella
que dudo, al ver su primor,
si acaso es del cielo flor,
si acaso es del mundo estrella;
es, en fin, ciudad tan bella
que parece en tal hechizo,
que la omnipotencia quiso
dar una señal patente
de que está en el Occidente
el terrenal paraíso.
Esta ciudad primorosa,
manantial de gente amable,
cortés, discreta y afable,
advertida e ingeniosa
es mi patria venturosa;
pero la siempre importuna
crueldad de mi fortuna,
rompiendo a mi dicha el lazo,
me arrebató del regazo
de esa mi adorada cuna.
Buscando un lugar maldito
a que echarme su rigor,
y no encontrando otro peor,
me vino a botar a Quito;
a Quito otra vez repito
que entre toscos, nada menos,
varios diversos terrenos,
siguiendo, hermano, su norma,
es un lugar de esta forma,
disparate más o menos.
Es su situación tan mala,
que por una y otra cuesta
la una mitad se recuesta,
la otra mitad se resbala;
ella se sube y se cala
por cerros, por quebradones,
por guaicos y por rincones,
y en andar así escondida
bien nos muestra que es guarida
de un enjambre de ladrones.
Tan empinado es el talle
del sitio sobre que estriba,
que se hace muy cuesta arriba
el andar por cualquier calle;
no hay hombre que no se halle
la vista en tierra clavada,
porque es cosa averiguada
que el que anda sin atención
cae, si no en tentación,
en una cosa privada.
Hacen a Quito muy hondo
una y otra rajadura,
y teniendo tanta hondura,
es ciudad de ningún fondo.
Aquí hay desdichas abondo,
aquí el hambre y sed se aúnan
y a todos nos importunan;
aquí, en fin, ¡raros enojos!
los que comen son los piojos,
los demás todos ayunan.
Son estos piojos taimados
animales infelices,
grandes como mis narices,
gordos como mis pecados;
cuando veo que estirados
van muy graves en cuadrilla,
me asusto que es maravilla
desde que un piojillo arisco,
sólo con darme un pellizco,
me sumió la rabadilla.
Las sillas de mano aquí
se miran como a porfía,
y te aseguro a fe mía
que tan malas no las vi.;
luego que las descubrí
por unos lados y otros,
viendo los asientos rotos
y quebradas las tablillas,
dije: Bien pueden ser sillas,
mas yo las tengo por potros,
En estas sillas se encierra,
llevando cualquier serrana,
mucho pelo y poca lana,
como oveja de la tierra.
Aquí, pues, en civil guerra
con femeniles enojos
son de los piojos despojos,
y con dentelladas bellas,
los piojos las muerden a ellas,
y ellas muerden a los piojos.
Estas quiteñas como oso
están llenas de cabello,
y aunque tienen tanto vello,
mas nada tienen hermoso;
así vivo con reposo
sin alguna tentación,
siquiera por distracción
me venga, pues si las hablo,
juzgando que son el diablo,
hago actos de contrición.
Lo peor es la comida
(Dios ponga tiento en mi boca):
ella es puerca y ella es poca,
mal guisada y bien vendida;
aquí toda ella es podrida,
y ¡vive Dios! que me aburro,
cuando imagino y discurro
que una quiteña taimada
me envió dentro una empanada
un gallo, un ratón y un burro.
Hay tal o cual procesión,
mas con rito tan impío,
que te juro, hermano mío,
que es cosa de inquisición:
van cien Cristos en montón
corriendo como unas balas,
treinta quiteños sin galas,
más de ochenta Dolorosas,
San Juan, Judas y otras cosas,
casi todas ellas malas.
Con calva, gallo, y sin manto,
un San Pedro se adelanta,
y, por más que el gallo canta,
no quiere llorar el Santo;
pero le provoca a llanto
de sus llaves la reyerta,
pues cuenta por cosa cierta,
estando el Santo con sueño,
que se las hurtó un quiteño
para falsear una puerta.
Va también tal cual rapaz
vestido de ángel andante,
con su cara por delante
y máscara por detrás;
con tan donoso disfraz
echan unas trazas raras,
dándonos señales claras
que, en el quiteño vaivén,
aun los ángeles también
son figuras de dos caras.
De penitentes con guantes
salen los nobles por no
dar limosna, y temo yo
que han de salir de danzantes.
Estos quiteños bergantes
¿cómo harán tal indecencia?,
pues hallo yo en mi conciencia
que es muy grave hipocresía
vestir la cicatería
con traje de penitencia.
Después se ven unos viejos
beatos, brujos y quebrados,
y algunos frailes cargados
con sus barbas y agarejos;
luego se sigue a lo lejos
una recua de Cofrades,
después las Comunidades,
y otras bestias con pendones,
porque aquí las procesiones
todas son bestialidades.
Mil pobres despilfarrados
se miran a cada instante,
mas ninguno es vergonzante,
que son bien desvergonzados;
ciegos, mudos, corcovados
y enanos hay en verdad
tantos en esta ciudad,
que yo afirmo sin rebozo
que es este Quito piojoso
el Valle de Josafat.
Hermano, en aqueste Quito
muchos mueren de apostemas,
de bubas, llagas y flemas,
mas nadie muere de ahito;
y hay serrano tan maldito
que al rezar la letanía
pide a la Virgen María,
con grandísimo fervor,
que le conceda el favor
de morir de apoplejía.
A cualquiera forastero,
con extraña cortesía,
sea de noche, sea de día,
le quitan luego el sombrero;
y si él no trata ligero
de tomar otra derrota,
le quitan también sin nota
estos corteses ladrones
la camisa y los calzones,
hasta dejarlo en pelota.
Andan como las cigarras
gritando por estas sierras
que son leones en las guerras
y lo son sólo en las garras;
para hurtar estos panarras
con sutileza y con tiento
son todos un pensamiento,
de suerte que yo he juzgado
que en las uñas vinculado
tienen el entendimiento.
El que es noble gamonal
algún obraje procura,
y de esta suerte asegura
tener en jerga el caudal.
Los quiteños, por su mal,
entablaron desdichados
estos obrajes malvados,
pues con esperanzas vanas
van al obraje por lanas
y se vuelven trasquilados.
Todos estos obrajeros,
por interés del vellón,
compran ovejas y son
ellos gentiles carneros.
Tienen bueyes y potreros
del caudal para ventaja,
pero, aunque ellos se hacen raja,
nunca salen de pobreza,
pues vinculan su riqueza
en cuernos, lanas y paja.
A todos con gran certeza
de frailes les acredito,
pues todos en este Quito
hacen voto de pobreza;
pero el fausto, la grandeza
y la gala es incesante,
pues aquí, como es constante,
se estudia con grande aprieto
la comedia de Moreto
nombrada, "Trampa adelante".
Cualquier chisme o patarata
lo cuentan por novedad,
y para no hablar verdad
tienen gracia gratis data:
todo hombre en lo que relata
miente o a mentir aspira;
mas esto ya no me admira,
porque digo siempre: ¡Alerta!
sólo la mentira es cierta
y lo demás es mentira.
Mienten con grande desvelo,
miente el niño, miente el hombre,
y, para que más te asombre,
aun sabe mentir el cielo;
pues vestido de azul velo
nos promete mil bonanzas,
y muy luego, sin tardanzas,
junta unas nubes rateras,
y nos moja muy de veras
el buen cielo con sus chanzas.
Llueve y más llueve, y a veces
el aguacero es eterno,
porque aquí dura el invierno
solamente trece meses;
y así mienten los franceses
que andan a Quito situando
bajo de la línea, cuando
es cierto que está este suelo
bajo las ingles del cielo,
es decir, siempre meando.
Este es el Quito famoso
y yo te digo, jocundo,
que es el sobaco del mundo
viéndolo tan asqueroso.
¡Feliz tú! que de dichoso
puedes llevarte la palma,
pues gozas en dulce calma
de ese suelo soberano,
y con esto, adiós, hermano.
Tu afecto, Juan de buen alma.
Padre Jesuita Juan Bautista Aguirre

Libertad para Guayaquil
Fuentes:
Edufuturo | Juan Bautista Aguirre
Wikisource | Breve Diseño de las Ciudades de Guayaquil y Quito
Efemérides | Selecciones literarias del Padre Juan Bautista Aguirre
Edufuturo | Juan Bautista Aguirre
Wikisource | Breve Diseño de las Ciudades de Guayaquil y Quito
Efemérides | Selecciones literarias del Padre Juan Bautista Aguirre
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