
Conversar con los tradicionalistas Guido Garay y Rodolfo Pérez es invocar al Guayaquil de antes, con lugares y costumbres que han desaparecido pero dejaron sus huellas.
Guido Garay (Guayaquil, 1921). Barítono, folclorista y escritor que ha publicado varios libros, con su buen humor cuenta que su padre decía que en lugar de Guido, debió llamarlo Ido. “Porque siempre ando en las nebulosas y no soy fijón como dice la gente”.
Recuerda que en su infancia era típico en Guayaquil que las puertas a las calles estén abiertas y recién se cerraban a las nueve de la noche.
También que las boticas tenían bancas, “ahí sentado uno esperaba a que el boticario le prepare la receta” que podía demorar media hora. Tampoco olvida que en el salón Chan Chan (Sucre entre Chimborazo y Chile) una concha de helado costaba 4 reales.
Y como en toda época han existido las drogas cuenta que en ese tiempo era la morfina, el cloral, el opio –que se fumaba en el Barrio Chino– y el ajenjo, por eso los cantantes interpretaban el pasillo “Opio y ajenjo” (letra de Julio Flores y música de Víctor Valencia).
“Pero a la gente le encanta la mentira, se me calientan porque quieren negar que Medardo Ángel Silva era morfinómano. Creen que un individuo se desmorona si dicen sus debilidades”, comenta.
A mi pregunta de cómo eran las farras, dice que en los años cuarenta como no existían las discotecas había numerosos cabarés como El Ideal (Luque entre García Moreno y Avenida del Ejército), “al que fui solo una vez porque siempre he andado chiro y ese era un lugar caro”. Pero sí frecuentaba otros como el cabaré Liberty (Quito y Aguirre), Juventud Alegre (Machala y Sucre).
A éste último cuando vino la poetisa cubana Dalia Íñiguez –mujer del cantante Juan Pulido–, quiso conocer la vida nocturna de Guayaquil y Abel Romeo Castillo la llevó a ese cabaré. En esa época fue un escándalo porque eran sitios vedados para mujeres decentes, tanto así que el suceso hasta fue comentado en los diarios.
Confiesa que como era matabailes iba muy seguido al American Dancing (Colón y Machala) que funcionaba en una casa de tres pisos.
En la planta baja estaba Flor del Levante donde se bebía cerveza y puro; en el segundo el American Dancing, donde tocaban Los Chinchorrines que eran hermanos. Uno tocaba el piano, el otro el saxofón y el tercero, la batería. Refiere que a la una de la mañana tocaban la conga: Una, dos y tres/ Qué paso más chévere. Y se armaba el bailoteo.
“Si andabas chiro, tenías que bailar bolero separadito de la mujer porque si te le pegabas debías brindarle una copa de menta que costaba dos sucres, esa era la ley de ahí”. Recuerda que en ese centro trabajaba la niña Betty cuyo amante era un abogado y juez.
“Muchos de esos encamotamientos terminaban hasta en matrimonio. La gente decía que el tipo había honrado a la meretriz”, afirma Garay.
Al frente y en diagonal en una casa de caña de dos pisos, funcionaba el Grosley donde tocaban dos orquestas y costaba 10 centavos el derecho a bailar una pieza y el boleto lo vendían en el bar del cabaré. “A la mujer que sacabas a bailar tenías que darle el tique. Ella de entre los senos se sacaba una carterita y lo guardaba. Cuando cerraban el local, las meretrices entregaban el tique y las fichas por los tragos que hacían gastar”.
La visón de Rodolfo Pérez Pimentel
El cronista vitalicio de la ciudad, Rodolfo Pérez Pimentel (Guayaquil, 1939) ha publicado Nuestro Guayaquil Antiguo, El Ecuador Profundo y 23 tomos de Álbum Biográfico del Ecuador.
Recuerda que la Quinta Pareja (que desapareció en 1947), comenzaba en Luis Urdaneta y llegaba casi hasta Julián Coronel. Era un barrio habitado por la gente más pobre de la ciudad y algunos maleantes. “En Julián Coronel y Padre Solano había una puerta de fierro por ahí se entraba. Ni la Policía se atrevía a ingresar”.
La Quinta Pareja llegaba casi al cementerio en donde había jardines que eran de familias. Se cultivaban flores, rosas, claveles, etcétera, y como el cementerio estaba cerca se dedicaban a hacer coronas fúnebres adornadas con un lacito y una tarjeta.
“En esa época no todo muerto era igual. Cortina blanca en la puerta significaba señorita o niño; cortina ploma, señora casada; cortina negra, caballero. Los caballeros eran más pecadores. Cuando la señorita moría virgen le ponían la palma de la virtud que eran unos tulipanes grandes”, dice.
Cuenta que esos jardines eran grandes, de hasta una manzana y en los fines de semana los dueños cobraban el ingreso. “Las familias iban y se servían todas las frutas de los árboles, pero no podían sacarlas del jardín. El más famoso era el jardín de los Bonín”.
Las costumbres de antes eran diferentes a las de ahora. Si un vecino estaba enfermo, se mandaba a preguntar por su salud. Si era su cumpleaños o santo se lo felicitaba.
“Si existía más confianza, le mandabas una palanqueta de santo grande y envuelta en papel celofán de colores con un lazo bonito. El santo, al día siguiente, te agradecía enviándote una funda llena de guineos. Esos eran los regalos de antes”, añora.
Recuerda que cuando se llegaba a una fiesta de cumpleaños de esas épocas había que saludar a todos, uno a uno. “Saludo de mano. No se acostumbraba a dar beso como ahora que cualquiera besa a la mujer de uno”, dice y ríe.
Y en la sala ponían sillas, sillas y más sillas alrededor de las paredes de esos cuartos inmensos. Lo cual era incómodo porque así solo se podía conversar con los dos que estaban a cada lado. “Después te brindaban una copita de helado y luego el key. Si te daban primero el key, te atorabas”, vuelve a reír.
Así vive el Guayaquil de ayer en la memoria de estos dos tradicionalistas.
Jorge Martillo, para EL UNIVERSO
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